Què és Espadàniques?

dimecres, 17 de maig de 2017

El jove escriptor José Montero Alonso i els calvaris espadànics (1925)

per Òscar Pérez Silvestre
Filòleg, investigador i escriptor


ESPADÀNIQUES vol agrair novament a l'autor la cessió d'este treball inèdit per al blog.



 
Fotografia de 1930




Hi ha en la revista gràfica madrilenya La Esfera – corresponent al mes de maig de 1925– un text que combina un generós reportatge fotogràfic de Reyna amb un text íntim de l’escriptor santanderí José Montero (fill), afincat a Madrid des dels 11 anys, on treballava de periodista son pare, José Montero Iglesias (1878-1920). Quan tenia 16 anys mor el pare, i el jove entra a treballar en la mateixa empresa Prensa Gráfica, amb la qual comença a col·laborar com a periodista i escriptor en les revistes gràfiques que tenia esta important empresa editora, com ara La Esfera, Mundo Gráfico i Nuevo Mundo, i el diari La Libertad (1919-1939), publicacions d’abans de la dictadura franquista. Després de la guerra va escriure en mitjans com Madrid, Pueblo, ABC i Semana, entre altres.

Coberta del número en què apareix el text de José Montero (1925)


Segons els especialistes, La Esfera (1914-1931) va marcar una època com a revista gràfica d’informació general i va ser la millor del seu temps, un paradigma del periodisme gràfic d’actualitat i literari. Gómez Aparicio destaca que «fou des de la seua aparició –per la varietat i qualitat dels seus col·laboradors, per l’audàcia de les seues estampacions en color i per la riquesa i multiplicitat dels seus gravats– una ostentació de bon gust i de perfecció tècnica que la van equiparar a les millors publicacions estrangeres de la seua classe». Per a Sánchez Vigil, «va ser un catàleg d’obres d’art en què van col·laborar els millors il·lustradors del primer terç del segle XX, i al mateix temps un àlbum de peces literàries firmades per periodistes i escriptors de prestigi». Impresa amb un disseny modernista i en el gran format que caracteritzarà este setmanari, hi destaquen les reproduccions en color i les magnífiques fotografies a tota plana, a més de les il·lustracions que entregava reunides com a separata, per la qual cosa prompte va passar a ser peça de col·leccionista. Dedicava les seues pàgines a la publicació d’articles i cròniques d’actualitat general, teatre, cine, moda, esports, indústria, així com a geografia, viatges, història, arqueologia, art, literatura, etc., tant de l’Estat espanyol com d’altres països, amb una atenció especial als europeus. A més, publicava poemes, contes i extractes de novel·les i de peces teatrals d’autors reputats. Eixia els dissabtes als quioscos.



El text que portem hui ací, publicat per Montero als 21 anys, està amerat de romanticisme juvenil, entés com una introspecció cap a una ànima a què molesta el tràfec de la ciutat i busca la pau dels poblets emblanquinats i les passejades asserenadores. Així enceta el seu periple...
«Estáis un poco cansados de la vida de ciudad, aunque esta vida sea la quieta de muchas ciudades españolas. En vuestro peregrinar por las rutas de España os fatiga esa constante sucesión de hoteles, de trenes, de autos, de humo de fábricas, de ruido de café... Se os antoja todo artificioso, forzado, igual en una que en otra población. Y hasta el arte viejo guardado, como en relicarios, en esas ciudades; hasta lo que es remanso y ensueño para el alma se os antoja también artificioso...
Vuestra alma –el alma de todo viajero– siente un invencible hastío ante todo lo que la ciudad le muestra. Y busca algo más natural, más sencillo, que le llegue más pronta y diáfanamente... Algo sin artificio ni retoque, que acierte a dar la suprema emoción junto a la suprema sencillez...
Y un día encerráis vuestro cansancio en un pueblecito. Casitas blancas al pie de la montaña suave, huertos en que los árboles tejen palios temblorosos, un río a cuya orilla vais luego, al atardecer...».

Val a dir que el text no fa cap al·lusió a la serra d’Espadà ni a cap dels seus pobles. Només les fotografies de Reyna ens diuen –no sabem si com a exemple de pobles tranquils amb calvaris– que l’article ben bé es pot il·lustrar amb imatges dels calvaris d’Artana i Eslida. Per la foto que tanca el reportatge, podem pensar que és el jove José Montero, vist de costat recolzat en una surera, amb gorra i mirant de lluny l’ermita de Santa Cristina d’Artana, la rambla i els camps d’oliveres.
Gaudiu del text i de les imatges.


Por los caminos de España
LOS CALVARIOS ROMÁNTICOS



Estáis un poco cansados de la vida de ciudad, aunque esta vida sea la quieta de muchas ciudades españolas. En vuestro peregrinar por las rutas de España os fatiga esa constante sucesión de hoteles, de trenes, de autos, de humo de fábricas, de ruido de café... Se os antoja todo artificioso, forzado, igual en una que en otra población. Y hasta el arte viejo guardado, como en relicarios, en esas ciudades; hasta lo que es remanso y ensueño para el alma se os antoja también artificioso...
Vuestra alma –el alma de todo viajero– siente un invencible hastío ante todo lo que la ciudad le muestra. Y busca algo más natural, más sencillo, que le llegue más pronta y diáfanamente... Algo sin artificio ni retoque, que acierte a dar la suprema emoción junto a la suprema sencillez...
Y un día encerráis vuestro cansancio en un pueblecito. Casitas blancas al pie de la montaña suave, huertos en que los árboles tejen palios temblorosos, un río a cuya orilla vais luego, al atardecer...
Mi cuarto, el vuestro –cuarto de hombre joven, de hombre cuya alma y cuyos labios tienen sed de todo–, es claro y sencillo. Sobre una mesa, libros, muchos libros y un montón de cuartillas. Aquellas páginas os traducen muchas veces lo que el paisaje dice y lo que dice vuestra propia alma. Por la gran ventana entra un chorro magnífico de luz. Se ven algunas casas blancas, y destacada sobre ellas la torre de la iglesia. Más allá el campo desbordante de rama, de fruto y de flor. Y al final, confundiéndose con el horizonte, una sierra suavísima, bajo la serenidad del cielo azul, muy azul...
Habéis encontrado al fin aquella emoción y aquella sencillez que buscabais. Huye de vuestros ojos la melancólica luz de hastío que antes les nublaba. Y de vuestros labios el gesto de cansancio. Y de vuestro espíritu la fatiga...
Y un día –ágiles los pies, brillantes las pupilas, cantarina el alma– salís de vuestro cuarto, cruzáis el pueblo, dejáis atrás sus últimas casas. Queréis dar un paseo largo, más largo que el de todos los días. Y seguís camino adelante...



Hemos encontrado en nuestro camino un calvario. Está sobre un cerro. Sus paredes blancas son de un blanco más intenso bajo la cruda y ardiente luz solar. Corona la pequeña construcción una cúpula de tejas. Ante el pórtico, como dándole guardia, varios cipreses alzan su gracia altiva y pensativa. Soledad y silencio absolutos en torno al calvario...
La sombra rígida de los cipreses se refleja netamente sobre la tierra soleada. No tiembla una hoja en la quieta hora de la tarde. Diríase que la vida, con sus rumores y sus ruidos, ha quedado allá abajo, en el pueblo...



Hay una callada y romántica emoción en estos calvarios. Una emoción que surge de su nombre, de su sencillez, de su significado. Una emoción que os detiene, que parece ataros allí, que os habla con una voz nueva, oída muy pocas veces...
Los calvarios y los cruceros en el campo, en un cerro o en el encuentro de dos caminos, os recuerdan aquella santa Pasión del Dios-Hombre. En la Semana de Dolor, ante aquellas capillas y ante aquellas cruces se recogen las almas, fervorosas, como se doblegan las rodillas, humildes. Antes de llegar a la capilla, las cruces puestas a lo largo del camino simbolizan los dolores de Jesús en su ruta hacia la muerte. Y en cada una de ellas los creyentes hacen estación en memoria de los divinos sufrimientos...
Nuestro pueblo, muy imaginativo, muy dado a la representación material, ama con tan apasionado fervor el Drama del Gólgota, porque éste, de tan hondo y tan trágico, adquiere tonos humanísimos. Por eso nuestra Semana Santa es espectacular y brillante. Va a los ojos tanto como al corazón...



«Por cada vez que tú te detienes –nos dicen las cruces de las estaciones en un misterioso y dramático lenguaje– floreció un nuevo dolor en el sendero de Nuestro Padre hacia la muerte. Tus rodillas se doblan en señal de voluntaria y gustosa humildad, y las de Él se descoyuntaban dolorosamente, cárdenas y rojas por el sudor y por la sangre...».
No nos damos cuenta del tiempo que pasa, prisioneros de aquella romántica emoción del calvario. El alma dice silenciosamente retazos de oraciones viejas y de nuevas plegarias, aprendidas las unas cuando niños, forjadas las otras, inconexas y extrañas, en nuestras atormentadas horas de hombre...
Sobre nuestro espíritu entra un rayo de aquel ardiente sol de amor que iluminó la vida del Santo de Asís. «Hermana estrella, hermana agua, hermano lobo...», decía Francisco, en íntima comunión su espíritu con todas las cosas. Ante el calvario encontrado en el camino, nuestra pobre alma, tan humana, tan ligada a todo lo terreno, quiere también dar su beso fraternal –hecho de amor y de perdón– a todo, a lo más distante y a lo más hostil. Quiere llamar hermano a lo que menos justificaba esta hermosa palabra: al amigo que dejó de serlo y al poderoso que hizo sentir injustamente el peso de su fuerza, y a la mujer cuya crueldad abatió nuestros mejores ensueños...



¿Quién no comparó sus días a un calvario, con estaciones de dolor, en cada una de las cuales iba quedando un jirón de alma y un jirón de vida?
Una ciudad, una calle, una casa, un jardín, son los sitios que recordamos siempre, como estaciones de nuestra ruta de dolor sobre la tierra. Aquí, una traición; allí, un desencanto; más allá, una injusticia... El corazón tuvo también sus caídas y tuvo miedo de que llegaran a crucificar, con clavos de incomprensión, sus ideales y sus sueños. Y es que el pobre corazón se había sentido redentor más de una vez...
Una hora ante un calvario, prisioneros del silencio y la soledad, nos hace mejores, más llenos de amor y de comprensión. El tiempo desfila insensiblemente ante el espíritu, dominado por una infinita sed de amar todas las cosas. Cuando queremos volver al pueblecito que quedó allá abajo, el sol se ha ido con sus crudas lumbraradas. Un viento levísimo agita la copa altiva de los cipreses, que ya no recortan su silueta sobre el suelo. Hay un lento sonar de campanitas lejanas. El cielo ha perdido su azul intenso y bruñido de antes.
Penumbra, serenidad fragante, bordoneo de cigarras. Allá arriba, en lo alto, brilla, tembloroso, el primer lucero del atardecer...

La Esfera. Ilustración mundial, número 594 (23 de maig de 1925)